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La sonrisa del ángel

CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
“Lo verdaderamente indignante del sufrimiento no es el sufrimiento en sí, sino el sinsentido del sufrimiento”
Friedrich Nietzsche
Fue un cálido mes de Abril cuando me diagnosticaron mieloma, cáncer de médula ósea. No me cogió por sorpresa; un año antes ya me dijeron que padecía GMSI, una forma menor y asintomática de este cáncer, y los dolores en el costado y la columna iban en aumento. Rápidamente comenzamos con los ciclos de quimioterapia, además de una sesión de rayos para los huesos dañados.
Esto último, la radioterapia, fue demoledor para mi cuerpo. Ya me habían avisado que cada uno es como es y cada organismo reacciona de una manera diferente, quizá por eso el mío dejó de producir melanina de forma normal. A algunos se les cae el pelo, a mí se me aclaró hasta quedar grisáceo en la testa y muy claro en el resto del cuerpo. Además, mis ojos tomaron un extraño y desagradable color verde grisáceo y se volvieron extremadamente sensibles a la luz.
Mucha gente me dice que son bonitos o impactantes y yo lo agradezco, de verdad, pero cada piropo es un recordatorio de esta cruel enfermedad. Cada vez que me miro en un espejo veo el cáncer, la incertidumbre y la sombra de la muerte y el dolor. Me costó mucho acostumbrarme a mi nueva imagen y mucho más aceptar que no volveré a ser como era, que el individuo que sale en mis fotos ya no existe y no volverá.
Pero así es la vida. Darle vueltas no sirve de nada y al cáncer hay que plantarle cara.
No he dejado de hacer cosas, de intentar seguir emocionándome. Así, en Septiembre de ese mismo año, en cuanto tuve algo de fuerza, cogí la mochila, las botas y la cámara y me monté en un avión con dirección a Escocia, a Edimburgo. Junto a mí se sentó un desconocido, como siempre (me gusta viajar solo), pero desde el primer momento congeniamos. Las tres horas de vuelo que hay entre Barcelona y la capital escocesa las pasamos hablando, riendo, bromeando y contándonos cosas. Tanto fue que al bajar del avión nos dimos nuestros respectivos números de teléfono.
Esas tres horas me dieron mucha vida, cuando estás débil y deprimido una sonrisa honesta y gratuita enciende algo en ti, te anima a seguir luchando, a levantarte cada mañana, a disfrutar, haya o no esperanza.
Tres semanas después, Pere, mi compañero de vuelo, me llamó. Eran las diez de la noche. Charlamos durante horas, de él, de mí, de lo humano y lo divino. Cuatro días después le llamé yo. Esta vez le conté lo del mieloma.


Poco a poco las llamadas eran más seguidas, hasta el punto de hablar todas las noches.
En Noviembre decidimos quedar un fin de semana en Londres, él trabaja en Newcastle. Nos alojamos en el mismo hotel aunque en plantas diferentes. El sábado estuvimos todo el día viendo la ciudad, cenamos en un restaurante, tomamos algo y volvimos al hotel. Yo apenas hablaba, estaba muy nervioso, sentía algo más que amistad y no sabía cómo decírselo, ni siquiera si debía decírselo. Yo nunca había tenido una relación con un hombre y él hacía unos meses que había roto con su novia de años. Me sentía extraño y honesto; aterrado e ilusionado.
Que hablásemos todos los días por teléfono no tenía por qué significar que él tuviese más interés que una simple amistad y, aunque estaba convencido de que no se iba a molestar, yo tenía miedo de que allí acabase todo, tenía miedo de estropear una relación que tanto bien me estaba haciendo con una persona que me impresionaba en todos los aspectos.
Llegamos al hotel en silencio, entramos al ascensor en silencio, y cuando este llegó a mi planta, en silencio me bajé, me giré y le miré. Me sonrió tímido, como es él, y las puertas se cerraron. Entré en mi habitación con una sensación de alivio y frustración. Sentado estaba en la cama, analizando la situación, cuando alguien llamó a la puerta. Abrí y ahí estaba él, rojo como un tomate.
Pasamos la noche juntos, pero tranquilo, no te voy a contar nada “delicado”, entre otras cosas porque no lo hubo. Estuvimos toda la noche hablando, definiendo los términos de nuestra nueva relación (deformación profesional, supongo).
Y así es como comenzó lo mejor de mi vida, justo en el peor momento de ella. Él es mi ángel, mi vida. Es honesto, noble, sensible, respetuoso, atento, educado, amable, divertido, solidario, cariñoso… Tiene un corazón enorme, jamás le he oído una mala palabra sobre nadie, jamás se ha referido a nadie de forma despectiva, ni siquiera de cachondeo, ni siquiera de aquellos que le han hecho algún mal. Y, créeme si te digo que no le describo con el corazón; todo el que le conoce te dirá lo mismo, hasta los que no le conocen personalmente.
Y tiene una sonrisa demoledora, llena de luz, de vida, una de esas sonrisas contagiosas y reconfortantes.
Al principio fue bonito y complicado, éramos como dos adolescentes descubriendo un mundo nuevo. Lo llevábamos en secreto; los dos hemos sido siempre muy discretos, no éramos de esos que se agarran de la mano, se dan besos y arrumacos en público, no lo hacíamos con nuestras anteriores parejas y no lo hacemos ahora. El hecho de ser una relación con otro hombre nos intimidaba pero tampoco teníamos prisa o necesidad por “salir del armario”. Además, su trabajo tiene una faceta pública, lo que nos invitaba a la prudencia.

Comentarios

  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Yo vendí mi piso y me compré uno en Edimburgo. Él tiene el suyo en Newcastle, pero al menos tres días a la semana los pasa conmigo en Escocia. Y solo hay hora y media en tren entre ambas ciudades.
    La vida era buena, muy buena. Poco a poco fuimos presentándonos a familiares y amigos más íntimos. Conocimos a David y a Rosa, y ambas parejas pasamos mucho tiempo juntos, con Jamie, el vecino, y a veces con la Mari, una amiga mía de hace mucho.
    Siempre que he podido nos hemos ido a pasear por la ciudad, si no preparamos algo de comida, alquilamos un coche y pasamos el día en algún valle.
    Tenemos un perro, Noi, un pastor alemán negro. Lo cogió Pere en Newcastle para no estar solo, pero ahora pasa más tiempo conmigo. Es un amigo y compañero perfecto que me ha adoptado con un cariño inesperado. Cuando estamos solos y el dolor de cadera me obliga a andar con muletas, al sacarlo a pasear camina tranquilo a mi lado, sin prisas ni tirones. Y cuando, muy despacio, llegamos al parque de la calle Príncipes, yo me siento en un banco y él se queda a mi lado, atento y solícito. Intento que se vaya a correr con algún perro o que juegue con algún niño que se le acerca, pero él me pone la pata en la rodilla, me mira y me “dice” que no.
    En esta pequeña manada, el macho alfa es Pere, sin duda. Si estamos los tres en el parque, Pere se queda en un banco leyendo mientras Noi y yo jugamos, nos tiramos por el césped o peleamos por un palo. Entonces él nos llama, Noi le mira, comienza a ir hacia él, se gira para mirarme, y si ve que no le sigo, me ladra como diciendo “vamos, que nos llama”. No te exagero, lo hemos hecho para que lo vean nuestros amigos, que no nos creían, y han alucinado.
    Es increíble cómo me cuida y protege. Cómo lo hacen los dos.
    Pero todo paraíso tiene su serpiente, y en el mío es el cáncer.
    A pesar de los tratamientos y los ciclos, nunca he conseguido una remisión completa. El mieloma es incurable pero puedes vivir muchos años sin síntomas. No es mi caso. Yo no creo en dioses, destinos o cualquier tipo de explicación metafísica, pero no puedo evitar pensar que algo o alguien juega conmigo.
    Uno de los peores síntomas del mieloma es el dolor óseo, que va y viene a capricho y sin avisar. Con suerte ese dolor no se debe a alguna fisura o fractura, pero es muy intenso, lacerante.
    No suelo hablar del dolor porque temo que la gente no lo entienda, temo parecer un quejica, pero sobre todo temo que nadie entienda ese dolor que es brutal, no solo por lo físico. Es como… como si el cáncer se recreara torturándome, como si no le bastase con estar ahí, con haberle echado el lazo a mi vida. Me destroza y me humilla, me vuelve frágil y vulnerable.


    Si Pere no está en casa, le llamo por teléfono y su voz me reconforta. Si está, me abraza, y su calor y su respiración son el mejor analgésico. El dolor se convierte en molestia y la molestia se va.
    Pero no siempre funciona.
    Hace poco el dolor era tan fuerte que no pude evitar llorar. Yo, que siempre he sido más **** que un arado, que he jugado a rugby y he boxeado, que antes pierdo el conocimiento que soltar una lágrima por dolor, lloraba como un niño. Estaba sentado en el sofá, me dolían las costillas y la cadera, y no podía estar tumbado. Pere estaba sentado a mi lado abrazándome, hablándome, consolándome, y yo no podía parar de llorar nervioso y dolorido. El dolor se acabaría yendo, como siempre, pero parecía que el tiempo se había detenido. Noi estaba tumbado en silencio, junto a nosotros, nunca llora cuando estoy mal. Ninguno de los dos lo hace.
    Pero cuando el dolor remitió, Pere se levantó para ir al baño. Estuvo cinco minutos. Y aunque intentó impedirlo, le oí: lloraba impotente. Se estuvo aguantando las ganas hasta que me calmé y entonces se derrumbó, a solas, escondido. Mi sufrimiento le mortifica, yo le mortifico. Él es fuerte y se hace más fuerte para mí, por mí, pero esto le está afectando mucho. Está estresado, agobiado, preocupado, apenas duerme y ya no sonríe como antes. Está faltando mucho al trabajo y sin ser tosco o grosero, ya no es tan amable con los demás. Está sufriendo y eso me mata más que la enfermedad.
    No soporto hacerle daño, no soporto verle sufrir. Es una grandísima persona y alguien como él no debería pasarlo mal, no debería apagarse, no debería esconderse en el baño para llorar de impotenccia.
    Cuando se habla de cáncer, de sus efectos emocionales, siempre se habla de los enfermos y de sus familiares. Es una enfermedad muy dura y quien te acompaña lo pasa muy mal. Pero no se suele hablar de cómo sufrimos los enfermos viendo el dolor de nuestros seres queridos. Ellos sufren viéndonos sufrir y no pudiendo hacer nada; nosotros sufrimos causándoles tantísimo dolor, y nadie está preparado para ello.
    La única “pelea” que hemos tenido Pere y yo fue cuando le comenté que si algún día se sentía desbordado que no tuviese reparos en romper la relación, que esto es muy duro y el cáncer lo tengo yo, que no solo no me molestaría sino que lo entendería perfectamente.
    Se enfadó. No iba a permitir que nada le alejase de mí; ni siquiera yo.
    Y le entiendo. De verdad.
    Pero esto me está destrozando. Mil veces he maldecido el día en que me subí a aquel avión condenándole a este infierno. El cáncer me está matando a mí y le está consumiendo a él.
    Estoy en espera para un trasplante de médula, pero aunque llegue a tiempo, nada asegura que unos meses después no vuelva recaer. Esto es incurable. Está en mi ADN.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    No hago más que mirar fotografías suyas, de cuando era feliz, de cuando sonreía. A veces incluso estando él en la misma habitación. Es ya mucho tiempo con dolores, nostalgia, lágrimas y sufrimiento emborronando todo lo maravilloso que este hombre me ha dado y me da. Ha llegado un punto en el que me da miedo mirarle a los ojos y ver la tristeza y frustración que intenta pero no consigue disimular.
    ¿Cómo lidio con ello? ¿Cómo vivir si el precio es tan grande? ¿Cómo quedarme impasible viendo al amor de mi vida marchitarse por mí? Cuando el cáncer me mate, ¿qué va a quedar de él?
    No me juzgues muy duramente por esto pero la vida, Dios, el karma, el destino… todos han ganado, ya no puedo más. Si estuviese solo, aguantaría, lucharía. ¿Pero así? Esto no es vida para él y él nunca me va a dejar. Soy yo quien tiene que dar el paso.
    Al principio lo pasará mal, lo sé, no me lo recuerdes, le costará perdonarme pero sé que volverá a vivir, a rehacer su vida, a ser feliz que es lo único que se merece.
    Sé que un día volverá a Alba, volverá a pasear por las calles de Edimburgo, por Portobello, por las praderas y los bosques de las Tierras Altas, volverá a sentarse con Noi junto a algún arroyo, a disfrutar de esos paisajes que tantos recuerdos sencillos y maravillosos nos han dado.
    Lo hará, ¿verdad? Sé que lo hará.
    Y me recordará.
    Recordará el día que nos conocimos, aquellas charlas interminables, ese tímido primer beso que tanto nos estremeció, lo mucho que nos hemos reído y querido. Aquel cumpleaños en el que vino de noche sin avisar, y por la mañana cuando desperté, él estaba dormido a mi lado, confiado y relajado, feliz.
    Qué palabra tan extraña, ¿eh? Feliz. Qué caro y difícil nos resulta; para cuatro días que estamos aquí y siempre andamos preocupados por tonterías. Preocupados por encajar, por el qué dirán, por cumplir con unos planes y unos sueños que ni siquiera sabemos quién los diseña, nos olvidamos del valor de una sonrisa.
    Su padre no me acepta, ni a mí ni a nuestra relación. Tengo amigos que me preguntan si les he engañado durante toda la vida. A ninguno parece importarle si somos felices o no. Y es una pena porque lo hemos sido, y mucho. Una felicidad serena, honesta e inmensa.
    Mi vida ha merecido la pena, soy la persona más afortunada del mundo. Si todos tenemos un ángel el mío duerme junto a mí.
    Y me recordará.
    Y entonces sonreirá.
    Y justo en ese momento, el mundo será un sitio mucho mejor.
  • trenecitotrenecito Forero Master ✭✭✭
    No se como tomarlo ¡, es realidad o ficción ?
    En las guerras no hay honor ni gloria, solo muertos ¡¡
    [FONT=&amp]Miembro nº 9 de la Fundación Cepuna.


  • pretrepretre Forero Master ✭✭✭✭
    Cochino,un relato precioso.
    ¡La garde meurt mais ne se rend pas!
  • JomaberJomaber Forero Senior ✭✭
    En efecto, muy bonito y a la vez muy triste.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Gracias por leerlo.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Ha pasado más un año desde la última carta. Espero que me perdones.
    Unos días después de escribirte, aprovechando una visita al hematólogo, decidimos visitar a nuestras familias y amigos. Cuando vives fuera, los viajes a casa se convierten en una especie de pequeñas visitas turísticas en las que no paras: estás con unos, con otros, con todos y con ninguno.
    Aquel día…
    Aquel día yo estaba en Pamplona, comiendo en casa de unos amigos, David y Rosa, quizá ya te hablé de ellos. Pere se quedó en Barcelona. No sé qué comimos; recuerdo un día soleado, risas y buen humor, aunque es posible que no sea cierto, siempre hay calma y tranquilidad antes de que estalle la tormenta, siempre hay felicidad antes de la tragedia.
    Sonó mi teléfono (maldito, maldito teléfono). Pere había sufrido un accidente de tráfico y estaba en el quirófano.
    Cuatro horas de viaje en coche con el móvil apagado en la mano. David conducía, Rosa farfullaba nerviosa y yo miraba el teléfono negro con miedo a encenderlo. Si no lo encendía no habría llamadas y sin llamadas no hay realidad. Nada pasaría hasta llegar al hospital.
    Y llegamos.
    Y en la puerta estaba Miquel, el hermano de Pere, pálido y lloroso, abatido.
    Pere había muerto. No salió del quirófano. El golpe había sido muy fuerte y los médicos no pudieron…
    No recuerdo más. El mundo se paró y se alejó. El vacío lo absorbió todo. Quise gritar, juraría que grité, pero hasta eso fue absorbido.
    Abrí los ojos y estaba tumbado en una cama del hospital. Ví a David y a Rosa, me miraban y sonreían con ternura, me hablaban pero no les oía. Solo el vacío, un monstruo que devoraba todo cuanto me rodeaba y me devoraba a mí. No quería vivir, no quería morir, ni siquiera lloré, ni siquiera pensé en él. Solo el vacío.
    No fui al velatorio ni al funeral, estaba muy débil y el médico me lo prohibió, pero tampoco hubiese ido. ¿Para qué? No entiendo qué sentido tienen hoy los funerales.
    Aquel día…
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Pasaron semanas antes de que mi mente empezase a reaccionar. Estaba en casa de mi madre que lloraba mi ausente presencia. Noi también lloraba incapaz de comprender qué me pasaba y por qué Pere no estaba ahí para cuidarme. Cada vez que sonaba el teléfono, corría nervioso esperando que fuese él.
    Mi cuerpo, más débil cada día, aullaba de dolor, gritaba intentando despertar a mi mente, luchaba por mantenerme vivo.
    Y lo consiguió. El cáncer me rescató. Soy suyo y nada me arrebatará de sus garras.
    Unas semanas después llegó mi trasplante.
    Una noche, en Edimburgo, el cansancio se había apoderado de mí. Estaba cansado del dolor, de la incertidumbre, de los ciclos, del cansancio, de hacerle daño. Pere se enfadó, me rogó que luchase, me aseguró que todo iba a salir bien, que él siempre iba a estar a mi lado. Me pidió que le gritase, que le insultase pero que nunca le dejase. Me hizo prometerle que lucharía hasta el fin.
    Y se lo prometí.
    Y esa promesa le mantenía vivo dentro de mí.
    El trasplante fue delicado. Mieloma y depresión forman un cóctel peligroso, tras la operación las defensas caen en picado y es arriesgado llegar con ellas muy bajas. Pero lo necesitaba si quería vivir.
    A Noi se lo llevó mi hermana. Durante tres meses tendría que tener un cuidado exquisito con cualquier foco de gérmenes. Aún así, cada día me lo traían un rato para ayudarme con la recuperación. Tendrías que haberme visto los primeros días con mascarilla y guantes, y haberle visto a él con una emoción nerviosa que yo desconocía.
    Cuánto sufrimiento estaba viendo en su corta vida. No es sano para un perro, para ningún ser. A veces pienso si nuestra capacidad para mostrar la bondad que llevamos dentro depende de la intensidad con la que la vida nos exige mostrarla.
    En fin, el tiempo pasa y yo sigo aquí, luchando. El trasplante no sirvió de mucho, como ya esperaba, o quizá por eso, porque lo esperaba. En esta enfermedad, como en la mayoría, la principal medicina es la mente, y la mía hace mucho que perdió toda la influencia que pudiera tener sobre mi cuerpo. Lloro, me lamento y me pierdo en la nostalgia. Quiero luchar, comer, andar, vivir, pero no puedo.
    No he vuelto a Edimburgo, no soy capaz.
    Quizás es pronto, aún.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    El tiempo cura las heridas del alma, dicen, pero yo ya no tengo la mía. Murió en un hospital catalán. Nunca he tenido nada tan claro. Estoy vacío, carcomido por el dolor. Quiero culpar a alguien, no puedo soportar que todo haya pasado por simple azar.
    Me pregunto cómo lo hacen los demás, cómo hacen para seguir adelante, para rehacer sus vidas, para volver a sonreír. Tal vez no sentían lo que yo he sentido, ni tenían lo que yo he tenido.
    ¿Cómo podía esperar que él saliese adelante sin mí cuando yo no soy capaz de visitar su tumba? ¿Cómo pude plantearme siquiera dejarle solo? ¿Acaso sus sentimientos eran menores que los míos? Estuve a punto de rendirme creyendo que lo hacía por él, pero seguramente era en mí en quien pensaba. Fracasé como pareja y, tal vez, como ser humano. Tuve pánico de lo que nuestra relación le podía causar sin entender que en eso consiste una relación: cambiar, asumir y crecer, ser uno. Y él, que sí lo entendió, nunca lo llegó a saber, lo que estuve a punto de hacer.
    Quizás esto es un castigo. Tuve un ángel para mí y le di la espalda, y quien me dio a ese ángel decidió quitármelo al ver que no estuve a la altura, que no lo merecía.
    Pero yo no creo en ningún ‘alguien’. Ni siquiera creo en el azar.
    ¿Qué podría haber hecho que cambiase lo que ya no puedo cambiar?
    Nunca debí subir a aquel avión, ni hablar con él, ni aceptar sus llamadas, ni vivir con él, ni aceptar sus abrazos ni sus miradas, no debí entrar en su vida. Soy yo quien le ha matado, soy yo. Si no me hubiese conocido seguiría vivo, feliz en compañía de alguien que sí sabría disfrutarle, de alguien que sí le merecería y le haría sonreír.
    Él era un ángel y yo… Yo acabé con su sonrisa. ¿Qué nombre merece alguien así?
    ¿Recuerdas El Banquete de Platón?
    Pueden pasar varias vidas hasta que encontramos nuestra mitad, nuestra “media naranja”, y cuanto más tiempo pasa más nos cuesta reconocerla. A veces, la encontramos pero ya tiene una vida, o somos nosotros los que tenemos una relación que preferimos respetar. En otras ocasiones, nuestros deseos y prejuicios nos impiden percibir que estamos ante la otra parte de nuestra esfera.
    Yo estoy convencido de que la inmensa mayoría de las parejas son fruto del deseo de construirnos una vida determinada y para ello nos juntamos con la primera persona con la que hay ‘feeling’, y si funciona, bien, y si no, seguimos buscando. Y eso, hoy en día, que podemos elegir y damos prioridad a los sentimientos.


  • Baby IceBaby Ice MegaForero ✭✭✭✭✭
    Qué chulo!
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    Organizando el pesimismo


  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Gracias. A veces resulta más fácil desahogarse escribiendo que hablando, nos permite crear cierta distancia con nuestros propios sentimientos cuando tanto nos atormentan. Y a mí me han atormentado demasiado.
    Ya no me queda mucho, las fuerzas me han abandonado dando paso a una agonía lenta y cruel, y sin embargo me siento bien, relajado. Toca poner en orden mi vida y en mi corazón.
    ¿Recuerdas cómo veíamos nuestro futuro en la facultad? Soñábamos con sofisticados bufetes, con pleitos millonarios y litigios intrincados que nos procurarían éxito y satisfacción. Podríamos llegar al Supremo, al Constitucional incluso. Nos casaríamos con mujeres maravillosas (y tetonas), tendríamos hijos. Trabajaríamos duro para conseguir una vejez apacible…
    Ah. Dulce juventud presa de ilusiones.
    Tuve un buen padre. Mientras vivió estuvo a mi lado, que es, en esencia, lo que corresponde, aunque me costara entender que un padre es, ante todo, una persona.
    Tengo una buena madre que me quiere más que a su vida y nunca ha cuestionado mi relación con Pere.
    Tengo buenos hermanos, cercanos y dispuestos.
    Tengo y he tenido buenos amigos. Muchos han pasado por mi vida, unos pocos han permanecido, todos me han dejado huella.
    He tenido varias novias, y con la mayoría he mantenido relación después de romper como pareja.
    He tenido y tengo primos, sobrinos, tíos, abuelos (cómo les quise) que han sido mi familia, más allá de meros formalismos.
    Solo espero haber estado a la altura de lo que he recibido de todos ellos. Solo espero haber aportado algo a sus vidas, no haber sido una simple sombra que una vez cruzó sus caminos como un día de lluvia en invierno.
    Toda esa gente, junto a los cientos de compañeros, de conocidos y desconocidos, me ha hecho, me ha fabricado y moldeado. Para bien y para mal, no soy más que el fruto de sus palabras, sus abrazos, sus enfados, alegrías y tristezas. Se lo debo todo y quiero que lo sepan antes de marcharme.
    Quiero que lo sepáis. Y me gustaría que, al menos por un instante, eso os diera un poquito de felicidad. Todo lo bueno de mi vida ha sido gracias a que alguien estaba ahí, gracias a vosotros.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Y luego está Pere, luego está Él.
    ¿Cómo era?
    Supongo que no era guapo según los cánones, pero para mí era la persona más atractiva del mundo. Tenía unos impresionantes ojos grises, limpios, directos y honestos, cazadores de miradas embobadas. Todo el mundo destacaba esos ojos de un color gris perfecto, de aspecto nubiloso, casi metálico, con pequeñas pupilas en el centro y un marcado anillo del limbo en el ****.
    Pero lo que más me gustaba era su boca, pequeña, discreta, recogida, siempre dispuesta a sonreír; cálida y suave como un abrazo, como sus abrazos. Su sonrisa me cautivó el día que le conocí, antes incluso de saberlo, y me sigue cautivando hoy cuando paso horas mirando sus fotografías. Su boca, una simple abertura en la cara efecto del azar genético y que, incluso en su más serena quietud, me estremecía.
    Su cuerpo era fuerte, dotado, de mi estatura, más o menos de mi mismo peso (si me viese ahora…), de pelo castaño, bigote pelirrojo y barba matizada como un aterciopelado tapiz de hebras rubias, grises, castañas y rojizas. Me gustaba con barba y sin ella, adoraba cada pelo y cada centímetro de piel de su cuerpo. Y eso que al principio tuve mucho miedo de ese cuerpo, de sus imponentes piernas de piel gruesa y áspera suavizada por el manto de vello, de sus manos grandes con dedos largos y recios, de su pecho de hombre forrado de un pelo extraña y agradablemente suave. Tuve miedo de que no me gustara, de que lo físico lastrara lo emocional.
    Pero no fue así. Con cariño, con paciente suavidad y con alegría, su cuerpo se convirtió en mi refugio. Su olor, su calor, sus latidos y su voz pasaron a ser parte de mis necesidades básicas junto al aire o el agua.
    No tenía buen oído para la música y cantaba fatal, era un apasionado del fútbol, dormía como un lirón y comía como un vikingo.
    Le sigo echando de menos, le sigo queriendo aunque ya no esté, pero me niego a marcharme llorando, me niego a pasar mis últimos días lamentándome porque no está. Me lo debo a mí, os lo debo a vosotros y, sobretodo, se lo debo a él. Luchó por mí, por nuestra relación, se entregó a mí y me acogió con todo su ser, y lo menos que puedo hacer es disfrutarlo, regocijarme en ello.
    Me dio toda su bondad, todo su amor, y eso es algo tan grande que no pienso diluirlo en un mar de lágrimas y nostalgia. No solemos valorar el cariño que los demás nos dan, no somos realmente conscientes de lo maravilloso que es que una persona se entregue a nosotros y nos acepte y nos quiera. Lo damos por sentado en cada relación, aunque sea de amistad, pero es un tesoro tan valioso como la propia vida.
  • CochinoCochino Forero Senior ✭✭✭
    Al fin y al cabo ¿de qué nos sirve la vida si no tenemos a quién entregársela?
    Es curioso que ahora que apenas abandono la cama, que necesito horas, días, para escribir estas cuatro líneas, ahora es justamente cuando más vivo me siento.
    Sí, fui muy feliz con Pere, cada día me emocionaba y sorprendía maravillado porque alguien como él pudiese sentirse atraído por mí; cada día daba gracias por la fortuna que suponía formar parte de su vida, por oírle hablar y verle dormir y sonreír, por estremecerme con cada mirada. Es, sin lugar a dudas, lo mejor que me ha pasado.
    Pero a veces creo que tantas emociones me desbordaban y no conseguía una felicidad plena. Ahora, en cambio, recordando mi vida, recordando todo lo que he hecho y lo que no, a las personas que he conocido y que me han construido, recordando a Pere y la vida que tuvimos juntos, me siento feliz de verdad.
    Y relajado.
    Preparado.
    Quiero pensar que seré recordado, que algo bueno he aportado a las vidas de quienes me han conocido, aunque haya sido una simple sonrisa, de esas tímidas y furtivas que surgen cuando menos lo esperas, honestas y serenas como el tiempo, capaces de borrar todo lo malo que también he aportado. Una sonrisa vivífica.
    Yo estoy feliz por haberos conocido y tenido.
    Estoy feliz por haber sonreído.
    Estoy feliz por haber vivido.
    Gracias, por último, por leer estas líneas, por atender y aceptar mis sentimientos tal vez incómodos, por haber formado parte de mi vida.
    Y si un día vuelvo a tus pensamientos, sonríe, esté o no esté, lo agradeceré.

    Adiós.

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