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Ni alonso ni portago, el primer español que pilotó un ferrari fue julio gonzález pola

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NI ALONSO NI PORTAGO, EL PRIMER ESPAÑOL QUE PILOTÓ UN FERRARI FUE JULIO GONZÁLEZ POLA


Fue en el GP Peña Rhin de 1948 · Alquiló un 125, el primero que salía de Maranello con configuración para la Fómrula 1 · Era un 'bon vivant' que acabó en la cárcel y exiliado en Venezuela





Julio González-Pola: rico, vividor y el primer asturiano piloto de Ferrari

Hijo del escultor ovetense Julio González-Pola García, debutó con la marca italiana en 1948 en Pedralbes, pasó por la cárcel y continuó su vida ligado al automovilismo en Venezuela



Nunca puso un pie en Maranello ni guió un monoplaza de 2.400 centímetros cúbicos, no logró títulos mundiales ni vio su imagen estampada en periódicos de todo el mundo, pero su nombre también pertenece a la historia de la Fórmula-1 española. Julio González-Pola Sicluna abrió el círculo que ahora cierra Fernando Alonso. La figura del bicampeón del mundo es bien conocida, no así la del primero de nuestros compatriotas que compitió con un coche de la escudería italiana. A ambos les une su origen asturiano.
Entonces la Fórmula 1 como tal estaba en ciernes, ya que aunque no nacería como Campeonato del mundo hasta 1950, desde 1946 su embrión era la Fórmula Internacional 1, bautizada así por Comision Deportiva Intenacional, y que rápidamente pasó a denominarse Fórmula 1, admitiendo coches turbo con motor de 1.5 litros y atmosféricos de hasta 4.5 litros. Momento en el que nació Ferrari.








[URL="javascript:fAbrirVentana('/servicios/lupa/lupa.jsp?pIdFoto=3123784&pRef=2010031200_76_883352__Siglo-XXI-Julio-GonzalezPola-rico-vividor-primer-asturiano-piloto-Ferrari','lupa','width=700,height=950,scrollbars=YES')"] 2010-03-15_IMG_2010-03-08_01.48.01__3837169.jpg[/URL]Julio González-Pola (Madrid, 1916) era un juerguista empedernido. También un tipo con estrella, de los que nacen con un encanto especial para las relaciones personales. Dicen los que le conocieron que nunca dejaba una barra sin pagar toda la cuenta. Todavía no había alcanzado la treintena y en Madrid era asiduo del Chicote. Si en los tardíos cuarenta y en los cincuenta uno era alguien en la capital o pretendía serlo, la hoja de ruta marcaba la obligación de dejarse ver por allí. Cómo no, Ava Gardner figura en la lista de ilustres del lugar durante sus escapadas españolas. En el Chicote mandaba Perico Chicote, un barman de los de antes, chaquetilla permanente, el usted siempre en la boca y la discreción por bandera. Se había formado en el Ritz antes de emprender la aventura en Gran Vía. Cuenta José Cabanech en la revista «Calibán», que una noche, durante el rodaje de «55 días en Pekín», Ava Gardner abandonó su mesa a una hora más o menos prudente y dejó allí a Charlton Heston y a Samuel Bronston. La hacían ya en su hotel, cuando la encontraron, al alba, toreando los primeros coches de la mañana con su abrigo. Hasta los diplomáticos estadounidenses llegados a Madrid por gracia del «Plan Marshall» se citaron y fotografiaron en el Chicote.


En estos ambientes se movía Julio González-Pola, un joven apuesto, elegante, de los de pañuelo en la solapa y gafas oscuras, siempre dispuesto a regalar un cumplido. No se le conocía más actividad que su gusto por la fotografía y una inusitada afición a los coches. Cuando lo raro era tener uno para moverse por Madrid, él sólo pensaba en hacer carreras con ellos.

Frecuentar los círculos más selectos e influyentes de la capital le fue de gran utilidad años más tarde, cuando hubo de recurrir a sus amistades para salir de la cárcel de Yeserías, adonde fue a parar después de un **** accidente. Con su coche atropelló y mató a un ciclista. Luego tuvo que dirigir sus pasos hasta Venezuela y su buena estrella le volvió a sonreír.

Su exquisita educación le ayudó a ganar crédito en una excluyente sociedad madrileña a la que, sin duda, pertenecía. El pedigrí le venía de cuna. Y también la sangre asturiana.

Su padre, Julio González-Pola García, fue un reconocido escultor que terminó trabajando para el Estado, cumpliendo los encargos de Alfonso XIII. Nació en Oviedo (1865), en el seno de una familia de militares. Sin embargo, encaminó su vida hacia las bellas artes. Se formó en la Escuela de Artes y Oficios de Oviedo y, ya en Madrid, estudió con el maestro Juan Samsó y Lengluy. Subió al carro de la cultura y llegó a disfrutar de la vicepresidencia del Círculo de Bellas Artes y la secretaría de la Sociedad de Pintores y Escultores.



En este contexto, Julio González-Pola disfrutaba de su desahogada vida en Madrid mientras maquinaba la forma de dar cancha a su amor por los coches. Entre juergas y dinero, trabó amistad con José Juan Pérez de Vargas, otro loco de las válvulas, que había cursado en Lieja (Bélgica) sus estudios universitarios como licenciado en Automoción y Control de Calidad. Eran la pareja perfecta para adentrarse en el mundo de la competición. El dinero de Julio González-Pola y los contactos de Vargas en el difícil hábitat del automovilismo formaban el cóctel perfecto.

Vargas lo explicó en una entrevista. «Hay una historia que la gente no conoce y que, por increíble, podría pensar que no es cierta. Era muy amigo de un chico de Madrid que se llamaba Julio Pola y que tenía muchísimo dinero, y yo me hice muy amigo de Giuseppe Farina, que tenía un carácter muy difícil, pero congeniábamos muy bien. Julio quería correr y, a través de Farina, le presenté al jefe supremo de Ferrari».

Fue en octubre de 1948, dos años antes de que Farina se convirtiese en el primer campeón de la historia de la Fórmula 1 con un Alfa Romeo.

Vargas y Pola llegaron hasta Barcelona, inscritos en el gran premio de la Peña Rhin, que debía celebrarse en el circuito de Pedralbes. Pero salir a la pista no iba a resultar nada sencillo. Un mes antes de la carrera, el adinerado asturiano hizo una prueba con un Gordini y logró un promedio de 145 kilómetros por hora. Ya había dos pilotos, pero uno se cayó a última hora. Llamaron a Pola y a Vargas.

La participación de Pola se vio condicionada por las circunstancias. El representante de Ferrari en España le ofreció el coche, de 125 centímetros cúbicos, en la víspera de la carrera y no tuvo tiempo para participar en la calificación, por lo que salió en el último puesto de la parrilla (21). Necesitó cinco vueltas para adaptarse (era un circuito urbano con cuatro kilómetros y medio de recorrido), debido al «ruido, el polvo y a que los coches estaban muy pegados», según dijo días después. Finalmente, se retiró -por una avería en una válvula, según unas fuentes, y por una salida de pista en otras



«Hasta la quinta vuelta no me enteré de dónde estaba metido, entre el pelotón de coches y el polvo que levantaban», confesó Julio González Pola después de la carrera, en la crónica del diario «Marca». Duró 38 vueltas, hasta que una avería, según unas fuentes, y una salida de pista, según otras, acabaron con la aventura. Tuvo tiempo de conseguir la mejor vuelta a los cuatro kilómetros de la pista triangular de Pedralbes entre los participantes españoles. El cronómetro oficial le dio 1.51 minutos

«Era la primera vez que se subía en un bólido y al parecer llegó a alcanzar la cuarta posición durante la carrera. Debía de ser un hombre muy valiente que sacaba a sus coches lo máximo», apunta Arturo González-Pola, quien descubrió la figura del piloto mientras investigaba en su árbol genealógico




El gran premio de la Peña Rhin era la última prueba de la Fórmula Internacional, sólo dos años antes del nacimiento de la Fórmula 1. Por eso González-Pola no aparece en los registros de la categoría reina. Sin duda, la competición en la que participó el asturiano se puede considerar el embrión de la F1.

Según cuenta su amigo José Juan Pérez de Vargas, entre el polvo y el ruido que tanto descentraron a Pola, tuvo tiempo para hacerle una jugarreta. Vargas era el segundo piloto y debía tomar el relevo tras el repostaje. Pero el asturiano no le dejó. Tal era su sed de competición, que cargó combustible y aceleró sin cumplir con el pacto. Vargas asegura que rondó a grandes como Bira, Farina y Villoresi. Incluso que llegó a marchar segundo en la carrera, antes de que las prisas por no dejarle subir al coche le llevaron a la cuneta, según su propia versión.

Ante una pasión desbordada, 250.000 espectadores en las cunetas de Pedralbes, la actuación de Pola no pasó desapercibida. Al parecer, Ferrari le ofreció un contrato para pilotar en Argentina e Italia. Así lo manifestó el protagonista y siempre quedará la duda de si se trataba de una bravuconada de piloto o de la pura realidad.

La fatalidad le visitó cuando estrelló su coche particular contra el madrileño Arco de la Victoria y un ciclista perdió la vida en el accidente. Dio con sus huesos en la cárcel y cuando pudo salir, gracias a sus contactos políticos de primer nivel, inició una nueva vida en Venezuela.

Si escapó de España o no es una incógnita, pero lo que asegura uno de sus descendientes es que salió del país en un vuelo regular.

Se le perdió la pista y tampoco se supo más de su matrimonio con la hija de un multimillonario que nunca aceptó al piloto rico por su vida despreocupada, su nocturnidad y su afición a las juergas. En Venezuela se desprendió del García y se convirtió en Julio Pola.

Su especial carácter le ayudó a abrirse camino y se labró una vida de lujo, también con los coches como «leit motiv». Fundó una empresa de materiales de construcción y acabó trabajando para el Gobierno del país, igual que su padre había conseguido en España. De nuevo se casó y junto a su esposa, Elva, se instaló en la lujosa urbanización de Las Mercedes, en Caracas.

No abandonó la buena vida. En cuanto podía, buscaba un restaurante español y encargaba paella. Seguía siendo un tipo espléndido. «Nunca te dejaba pagar», dice Juan Vené, piloto, jugador de béisbol profesional, periodista venezolano y amigo de Pola. «Se gastaba todo el dinero en los automóviles». Participó en cientos de carreras en América, sobre todo en Venezuela. Desde las 12 Horas de Sebring hasta los 1.000 Kilómetros de Buenos Aires.

En 1958 corrió el Gran Premio de Venezuela, con un Ferrari 250 GT Tour de France. Quedó segundo porque le ganó Jean Bhera, con el mismo coche, pero preparado para rendir 60 caballos más. La reacción de González-Pola fue instantánea. Pidió precio y le compró el Ferrari.

La afición a bucear en el árbol genealógico familiar llevó al asturiano Arturo González-Pola hasta su antepasado Julio González-Pola, el primer español inscrito por Ferrari en una carrera. Para resumir su parentesco, aclara que «mi bisabuelo y el suyo eran hermanos». Sobrino bisnieto, por lo tanto, de un pionero del automovilismo. «No habría logrado nada sin la ayuda de los amigos de "Viejas fotos actuales" y "Pasión al volante"», dos páginas webs de aficionados al automovilismo. También agradece la ayuda del periodista venezolano Octavio Estrada.

«pionero del automovilismo, mujeriego, aficionado a la bebida, extravertido y con gran sentido del humor», como le definió Félix Varona, el primer mecánico especializado en Ferrari de Venezuela y compañero de fatigas de Julio Pola en América. Varona lloraba cuando al asturiano emigrado sólo le quedaba esperar la muerte aquejado de un cáncer. González-Pola le dio la última lección: «No llores, he tenido una gran vida». Y le conminó a abrir una botella de champán y a brindar por su descanso.
Gp Penya RHIN 1948
Scuderia
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. En el barrio barcelonés de Pedralbes, Julio González-Pola se convirtió en el primer español que compitió, por un día, al volante de un Ferrari. Ocurrió en octubre de 1948, durante el Gran Premio Penya Rhin, la última carrera del Campeonato Mundial de Grand Prix, que dos años más tarde pasaría a llamarse Fórmula-1.


Pola nació en Madrid, pero era hijo del escultor ovetense Julio González-Pola García y su posición económica le permitió alquilar uno de los tres Ferrari para una carrera que ganó Giuseppe Farina con un Maserati (el italiano se convertiría en 1950 en el primer campeón mundial de F-1, con un Alfa Romeo).


Pintó unas franjas amarillas en honor a España en el coche

La 'Scuderia' se estaba formando entonces, desde que se desgajara de Alfa Romeo. Precisamente los Alfa, Maserati o Talbot eran los dominadores del automovilismo deportivo. En 1947, Enzo Ferrari y el diseñador Gioachino Colombo dieron a luz al primer modelo de la casa, el 125 C con el arriesgado motor 1.5 y 12 cilindros, pensado e ideado para participar en esa nueva Fórmula 1 que agrupaba los grand prix clásicos. Venían de conquistar el primer podio como Ferrari en el Gran Premio de Monza, su debut en la máxima categoría, y en Barcelona cerraban la temporada como un equipo en claro ascenso, nuevo y arriesgado en el diseño.
El equpo lo componían Giuseppe Farina, el príncipe Bira de Siam y el probador galo Raymond Sommer, pero éste último se había accidentado y la nueva Ferrari tenía un asiento libre. González Pola llegó a él, según cuenta en una entrevista en MARCA en 1948, después de un doble rebote: "Iba a participar con un Gordini, pero el coche no estaba dentro de la cilindrada exigida y Maseratti me ofreció un coche, pero no iba bien, se gripó y tuve que desistir, así que el representante de Ferrari en España, el señor Tarabussi, me ofreció el coche el día antes de la carrera".


Al final no lo hizo tan mal. No anduvo lejos de los Bira, Farina, Chiron o Villoresi, ganador de la cita. Tanto es así que fue el español que dio la vuelta más rápida al trazado, con 1:51 a una media de 151 km/h, mejor que el gran piloto español del momento, Paco Godia y hasta recibió un premio en el Hotel Ritz pese a que tuvo que abandonar por una avería en una válvula.

Entonces no había cámaras y los cronistas las pasaban canutas para saber qué pasaba en las carreras. Otras fuentes hablan de que Julio llegó a marchar segundo, entró a repostar, salió acelerando porque no quería dejar que nadie le relevase, patinó con las ruedas y se salió
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EXILIO EN VENEZUELA


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El ídolo venezolano Julio Pola es nada más y nada menos que el piloto español Julio González-Pola, el primero de nuestros compatriotas en subirse a un Ferrari en la primera intervención oficial de la todavía desconocida escudería italiana (Penya Rhin, Barcelona, 1948).

Un trágico accidente de tráfico en el que mató a un ciclista, dio con sus huesos en la cárcel, de la que salió gracias a algunas influencias, para huir de España e instalarse en Venezuela (cuya nacionalidad adopta), donde su familia tenía grandes y buenas amistades desde la época en que su padre trabajó en Sudamérica (Colombia y Puerto Rico, entre 1930 y 1945).

Nuestro gran Antonio Creus lo describe como uno de los mejores pilotos que jamás había visto, y debió serlo pues a partir del momento que acabamos de relatar, Julio González-Pola desaparece sin dejar rastro para abrir sitio a Julio Pola, un piloto estimadísimo por la afición venezolana, que labraría su carrera en la década de los 50 junto a nombres como José Froilán González, Alfonso de Portago, Juan Manuel Fangio, Graham Hill, Eduardo Landi, Mauricio Marcotulli, Ettore Chimeri o Rodrigo Borges, conduciendo sports Ferrari, Mercedes y Maserati, fundamentalmente.

Su fiabilidad al volante, su agresividad y tesón lo convirtieron en un piloto muy querido y admirado por sus compañeros de profesión, y como muestra baste mencionar que entre sus éxitos más reseñables se encuentra la consecución del segundo lugar en la Palmarejo-Caracas de 1959 (IV Gran Premio de Venezuela), carrera en la que compartió volante con el mítico Félix Varona (mecánico sobresaliente y respetado en toda hispanoamérica por la importancia que le otorgaban las grandes marcas europeas, de las que fue estandarte), a los mandos de un Ferrari GT.



PDT: asturiano, asturiano ... mas bien madrileño .... aunque ......la nacionalidad es venezolana
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"Quiero seguir en Ferrari y ganar el tercer título con ellos, acabar el trabajo de años" 02/09/2014
"Vengo a Mclaren para acabar el trabajo que empecé en 2007" 11/12/2014

"Nunca volveré a McLaren". 01/12/2010
"Dejar Mclaren fue la mejor decisión que he tomado en mi vida". 12/09/2012

"No pararé hasta ser campeón con Ferrari". 07/09/2011
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